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Análisis: la simbología tras el casco en The Mandalorian

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Analizamos tres escenas fundamentales de la serie The Mandalorian y su significado

El mundo audiovisual es algo más que persecuciones de infarto o imágenes impactantes. El cine (y las series) se rigen con sus propias normas y utiliza sus propios recursos para contar una historia y transmitir emociones a los espectadores. En este caso, haremos un pequeño análisis del discurso narrativo de una de las series que más ha dado que hablar este año pasado: The Mandalorian y lo que se esconde tras su famoso casco.

Capítulo 7: El asedio, primera escena

Se trata del penúltimo capítulo de la primera temporada en el que los personajes luchan a vida o muerte contra los miembros del Imperio. Tras una grave explosión, Mando resulta herido en el peor lugar posible: la cabeza.

Tras llegar a lugar seguro, intentan convencerle de que se retire el casco para curar su herida, pero este reúsa. Y es que a lo largo de los primeros capítulos de la serie hay una cosa que queda muy clara: el clero mandaloriano exige que ningún ser vivo puede ver jamás su rostro.

Desde un primer momento, Mando demuestra cuán acérrimos son sus sentimientos hacia la creencia mandaloriana y que se encuentra por encima de todo, y en esta ocasión no iba a ser diferente.

Al final, parte del grupo huye con el niño mientras un androide se queda con Mando, quien acaba curándole alegando que “no soy un ser vivo” de modo que no hay ningún conflicto con su credo. Finalmente Mando accede, aunque con reticencia.

Esta es la primera vez que vemos el rostro de Pedro Pascal en toda la serie. Hasta ahora, su rostro ha aparecido tapado con su casco y en ningún momento ha roto su juramento. Esta es la primera vez, un momento a vida o muerte en el que deja algo muy claro: prefiere morir antes que romper su voto, pero finalmente, gracias a ese pequeño “agujero” en el camino mandaloriano, logra salvar la vida y volver con el grupo.

Capítulo 15: El creyente, segunda escena

Este capítulo se encuentra en la recta final de la segunda temporada. Tras el rapto de Grogu por parte de los imperiales, Mando recurre una vez más a sus antiguos aliados para salvar al pequeño. Tras infiltrarse en una base imperial para conseguir las coordenadas de la nave en la que se encuentre el niño, las cosas no salen como planeaban y Mando tiene que tomar una difícil decisión.

Para conseguir las coordenadas, una máquina tiene que hacerle un escáner facial que, como era de esperar, no sirve con un casco. Unos minutos atrás, hemos podido ver como Mando cambia su armadura mandaloriana por una del imperio y el mal trago que eso supone para él, pero, al menos, no tiene que enseñar el rostro. En este caso sí.

Ya hemos podido comprobar en varias ocasiones su lealtad al credo, incluso con sus propios compañeros, como es el caso de las mandalorianas que le ponen camino a Ashoka. No comparte su mismo camino, las siente ajenas, de alguna manera, traidoras.

Al final, vemos su rostro de nuevo, su semblante, completamente ido, incómodo, como si estuviera viviendo una pesadilla extraña. Esa sensación se transporta al espectador, quien se siente igual que el personaje: extraño, raro, incómodo…como si el actor no encajara para nada en la serie, a pesar de que lleva siendo el protagonista desde un primer momento.

Esta escena es muy interesante por varios motivos. El primero, vemos la fuerza de Mando, su valor al reusar de todo aquello en lo que cree por poder salvar al pequeño Grogu y el conflicto que eso provoca en él, lo desnudo que se encuentra al mostrar su rostro. Lo segundo es extradiegético, es decir, tiene lugar fuera de pantalla. El espectador de pronto se siente fuera de la serie, tan incómodo como el propio personaje.

De alguna manera, el hecho de ver su rostro produce desconcierto, el mismo que Mando siente al ir sin él. Esta escena sirve para que el espectador se sienta tan ajeno y extraño como el propio personaje, que el espectador empatice aún más con el personaje con esa extrañeza, dándole así un valor narrativo inmenso.

Capítulo 16: El rescate, tercera escena

Y esta escena es la guinda del pastel, pues tiene mucho más significado que el resto, aunque sin esas escenas, esta no sería tan especial.

Tras la espectacular entrada de Luke Skywalker, este le dice que Grogu debe dejarle atrás, pero el pequeño no piensa hacerlo hasta no obtener el permiso de Mando. De modo que el mandaloriano lo coge en brazos y comienzo a llevarlo hasta Luke.

La escena podría haber acabado ahí, la pareja se separaría y el espectador tendría una sensación agridulce por la separación final, pero sus creadores decidieron que querían algo más. De modo que, mientras Mando habla con el pequeño, este decide quitarse el casco.

En esta ocasión, el rostro de Mando no denota extrañeza o incomodidad, sino tristeza, alegría y emoción. Tristeza por la separación con Grogu, alegría porque, al fin, ha encontrado lo que tanto tiempo lleva buscando para el pequeño, un lugar seguro. Es la primera vez que vemos a Mando actuar como algo más que un guerrero, lo vemos actuar como un padre: como un humano.

Y el hecho de que se quite el casco tiene algo más, un detalle casi imperceptible pero que hace que la carga emotiva de esta escena sea tan alta: el hecho de que se lo quita por voluntad propia. La primera vez fue obligado por un androide, la segunda, por una máquina, pero, en este caso… no hay necesidad de quitárselo, no tenía por qué, y sin embargo, lo hace.

Este gesto significa muchas cosas, por un lado, su evolución como personaje, el hecho de que ha crecido como persona y guerrero, que ha encontrado gente en su camino y que ahora el credo no es todo su ser, sino una parte de él.

Por otro lado, el vínculo que lo une a Grogu, el cariño que ha ido desarrollando hacia el pequeño desde que empezó su aventura juntos, un lazo paternofilial. Es un regalo hacia el pequeño, una forma de darle a entender cuánto significa para él y darle fuerza y coraje para el futuro, algo que va acompañado con sus propias palabras: “no tengas miedo”.

La carga emocional de esta escena es enorme, al igual que la simbología del casco, pero no sería así sin las escenas anteriores, pues todas forman un conjunto perfecto.

La escasez denota excepcionalidad y hace que quede grabado a fuego en la mente del espectador, de modo que en todo momento recuerda cuán desamparado está Mando sin su casco y lo significativo de que, en la última escena, no sea así. Además de recordarnos la importancia del credo mandaloriano para él y el hecho de que, al final, le resulta menos importante que su vínculo con Grogu.

Esto son solo algunos aspectos que muestran esta escena, pues lo bonito del arte audiovisual es que cada persona percibe cosas diferentes, haciéndolas propias. Si seguimos analizando estas escenas, se podría hablar de la dependencia que siente Mando hacia los mandalorianos y de la barrera que esto supone para el personaje y su entorno. Una armadura más allá del aspecto físico.

La serie de The Mandalorian nos ha dejado esta simbología tan bonita y tan bien llevada y estructurada, cargada de sentimiento y emoción y ha demostrado una vez más que el fenómeno fan puede ser algo más que luces y efectos especiales, puede ser una joya más en la edad de oro de las series.

Sobre el autor

Licenciada en Comunicación Audiovisual y redactora de Efecto Cultura. Amante de la literatura y el séptimo arte.

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